dir. Chloé Zhao
2.5/5 ⭐️⭐️1/2
Este drama nominado al Óscar muestra la historia de la mujer de William Shakespeare y lo que supone para la familia la muerte de su hijo Hamnet.
Hamnet tiene una fotografía que te lleva a las profundidades de la campiña inglesa, con sus colores otoñales y una cámara que observa silenciosamente en la distancia, como un halcón desde las alturas. Además de actuaciones de calidad (cabe resaltar a Jacobi Jupe y Emily Watson), incluye momentos conmovedores y roza ideas dignas de haber sido exploradas en mayor profundidad. Por ejemplo, la tensión entre la espiritualidad y la superstición de Agnes y la brutal realidad que acecha a su familia, o cómo el arte puede permitir sentir de nuevo a los que ya no están.
A pesar de sus aspectos positivos, esta película pone su foco de atención en lo dramático de la historia, en vez de en los conflictos internos que la causan. Esto da lugar a una gran falta de contraste, ya que cada palabra y cada silencio se acentúan, sin causa narrativa. Si todo es “importante”, nada lo es. Para cuando llega la parte más culminante de la historia, la tensión ya ha sido desaprovechada en momentos menores. El guion no ayuda con sus diálogos predecibles y poco realistas.
El epítome de esta falta de dimensión lo encontramos en nuestra protagonista, Agnes. Era imposible sentir curiosidad o dudas respecto a Agnes, ya que cualquier emoción o pensamiento que se pasara por su mente era automáticamente exteriorizado. Entre líneas clichés y acciones exageradas, las emociones de Agnes no varían ni tienen capas, sino que se mueven en una escala entre la devastación y el amor maternal. El resultado es una caricatura de lo que podría haber sido un personaje más real y matizado. No un mero vehículo narrativo con el que, de alguna forma, mantener la atención del público.
Al fin y al cabo, el origen de estos problemas son las decisiones que se tomaron detrás de cámaras, priorizando el drama y el impacto emocional en la audiencia por encima de un interés real. Y es que parece haber otra película bajo la superficie: una con más sustancia, que intenta sobrevivir en instantes fugaces. Las intenciones de la directora son sumamente obvias, hasta tal punto que los momentos “felices” se sienten colocados estratégicamente solo para arrebatarlos después y causar tristeza. La historia no parece tener vida propia, rompiendo así una regla fundamental de un buen guion: que la trama dé la impresión de no haber podido suceder de otra manera.
Para concluir, la tragedia no es la historia de Hamnet, sino el potencial que tenían las ideas que se decidieron no explorar. Todo ello a favor de manufacturar una trampa en plena vista para provocar el llanto del público, generando así la impresión de ser una mejor película de lo que es. Ser o no ser. Tristemente, ahí está.





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